El destacado papel de Brasil, colocado ahora en el centro del escenario internacional, contrasta con el pobre papel jugado por la administración Obama que se limitó a dar simples declaraciones y medidas simbólicas como la negativa a conceder visas a los golpistas. Obama parece doblemente amarrado: por la situación interna de su país, donde las derechas más recalcitrantes obstruyen su gobierno y amenazan bloquear reformas básicas como la de la salud, y por su creciente deterioro como potencia global. A Estados Unidos lo desconocen tanto las derechas golpistas como los gobiernos democráticos, porque su legitimidad para diseñar el orden global está en cuestión.
La imagen de Zelaya saludando a su pueblo desde el balcón de la embajada de Brasil es tan imborrable como los unánimes aplausos que cosechó Lula en la Asamblea General de la ONU. Detrás de la demanda de reposición inmediata del presidente hondureño se alinearon la Unión Europea, los gobiernos más tibios de la región y hasta la Casa Blanca. Independientemente de cómo se resuelva la crisis hondureña, Lula y el canciller Celso Amorim saldrán fortalecidos y con ellos el papel de potencia de Brasil.
Es evidente que los huecos que va dejando el declinante papel de Estados Unidos en la región los comienza a ocupar la estrella ascendente de Brasil. Los acuerdos políticos y militares alcanzados con Francia le permiten ahora contar con un sólido aliado para alcanzar el deseado asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. Ese nuevo papel tiene también sus costos. Brasil seguirá siendo un aliado de Washington, con el que no tiene la menor intención de romper, para afianzar su autonomía y tener las manos más libres en la región sudamericana sin sufrir la obstrucción frontal de Estados Unidos. Para muchos de sus vecinos, el cambio será apenas perceptible, toda vez que la potencia ascendente se comporta como un subimperialismo
, como señaló Rui Mauro Marini hace ya tres décadas.
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